En las ciencias sociales, el objeto de estudio es la sociedad y el ser humano en su dimensión social. Esto plantea una pregunta sobre la posición de quien investiga frente a las personas y comunidades con las que trabaja, así como sobre la objetividad y sus límites.
¿Cuál es el rol de quien investiga en ciencias sociales? ¿Qué lugar ocupan las comunidades en esos procesos? En esta edición de Rostros VcM conversamos con Ricardo Álvarez Abel, antropólogo, docente y director de la Escuela de Arqueología de la Universidad Austral de Chile en Puerto Montt, sobre la integración de las comunidades en la investigación y las maneras en que la y el investigador de ciencias sociales se relacionan con su entorno.
Investigar con las comunidades
La integración de las comunidades comienza con una intención, pero también con una historia personal. Ricardo es hijo de dos antropólogos y creció en un entorno de libros y conversaciones constantes sobre lo que ocurría a su alrededor. Las conversaciones sobre temas sociales fueron una de sus primeras formas de conocer el mundo. La otra estuvo marcada por su infancia en Chiloé, que le permitió conocer las particularidades de la vida insular.
La experiencia de vivir en las islas se convirtió en uno de los principales focos de sus investigaciones. Sin embargo, junto con las preguntas sobre ese territorio, surgió una inquietud más amplia, el cómo se realiza la investigación en las ciencias sociales.
“Me di cuenta de que, si se hacía desde una mirada clásica, que es ir a entrevistar e irte, sin que la gente se entere qué pasó con lo que habían conversado, no hay una crítica. Ahí es cuando hay que darse cuenta de que no puedes publicar sobre territorio y modelos de vida si no es con la retroalimentación de las personas”.
Ese cuestionamiento metodológico se convirtió en una necesidad ética y lo llevó a trabajar desde otro paradigma, basado en la colaboración y la construcción compartida de conocimiento.
“Yo trabajo mucho con la idea de colaboración, de construir información a partir de la colaboración, y eso incluye que los informantes, por ejemplo, un pescador, un dirigente indígena, ya no sean informantes sino coautores de las publicaciones. Él es parte del diseño metodológico, él es parte del análisis y las conclusiones”.
Este compromiso ético implica un esfuerzo mayor. Durante mucho tiempo, una práctica extendida ha sido llegar a un territorio, recoger información e irse sin devolver los resultados ni compartir lo producido. Con el tiempo, esa forma de investigar puede generar recelo y rechazo.
“A mí me pasa que hay territorios a los que he ido durante décadas y ahora me cuesta mucho más desarrollar trabajos de campo porque la gente está molesta y es evidente. La gente no se entera ni siquiera por qué los entrevistaron y se van. Entonces llegas y te dicen que ellos no van a pasar por eso de nuevo”.
Acá es donde surge un obstáculo en esta metodología que es la confianza. Si no existe, ¿cómo se formulan las preguntas?
«El año 2010, Don Carmelo, que es un pescador artesanal, él es chilote, pero vive el Guaitecas. El es uno de los que representantes de los chilotes que yo siempre escuchaba cuando era chico. Cuando conocí a Carmelo le pedí entrevistarlo y me dijo que no, entonces quede súper frustrado porque andaba navegando con él, quería conversar con él y entrevistarlo y me decía que no. Entonces le hice un trueque, le dije yo cocino en su lancha y usted me permite que le entreviste y cociné, le gustó la comida y me permitió entrevistarlo. Y claro, ahora somos amigos».
Esta fue una de las experiencias que le mostro a Ricardo que las preguntas de investigación no nacen únicamente en la academia. Muchas surgen del encuentro y de las conversaciones en terreno:
“Los temas en los que me he involucrado siempre han nacido en una conversación en terreno, no han nacido en un gabinete, no nacieron acá en la oficina, ni siquiera nacieron conversando con otros colegas. Nacen en combinación entre colegas y gente. Y es como oye, pero y cómo no nos habíamos dado cuenta de esto, si es súper obvio. Pero no lo habíamos visto por esta necesidad de buscar siempre cosas difíciles o exóticas”.
La conversación se transforma así en una herramienta para construir preguntas sobre la realidad. A menudo, la reflexión aparece en momentos cotidianos que podrían pasar inadvertidos:
“Hay espacios súper valiosos, por ejemplo, una parada de bus, una parada de lancha en un muelle. Esos momentos que para otros sería inútil, son súper valiosos porque es donde precisamente se genera la conversación y el hacerse preguntas que son al revés de lo habitual”.
La curiosidad también forma parte de esa relación con el entorno. En las comunidades rurales, explica Ricardo, las actividades cotidianas exigen observar los cambios y hacerse preguntas de manera constante.
“la gente rural, vive en un entorno donde la relación con este depende de la curiosidad. ¿Por qué? Porque el modelo de vida de la gente, es decir, el campo, la agricultura familiar, la pesca, recolección, requiere estar súper atento a cualquier cambio que ocurre en el entorno. Entonces cuando generas preguntas de investigación, ellos también se están haciendo un montón de preguntas, constantemente”.
Integrar a las comunidades en la investigación es también una forma de bidireccionalidad que puede transmitirse a las y los estudiantes durante la construcción de conocimiento. Para Ricardo, esa experiencia debe formar parte de la docencia:
“Es súper necesario porque buena parte de los trabajos que van a tener los estudiantes sea en el mercado, sea en investigación, van a ocurrir en territorios donde hay más gente, donde hay gente que está preocupada, por ejemplo, de que una excavación ralentice un proyecto anhelado por ellos, un puente, una posta, etc. Puedes formarte en la universidad, pero es la experiencia en terreno la que te da y te hace encontrarle sentido a lo que aprendiste en los ramos y es super complejo porque requiere mucha tolerancia».
La curiosidad como método
Desde su rol docente, Ricardo considera la curiosidad imprescindible para desarrollar conocimiento. Antes de conocer algo, ese conocimiento se encuentra fuera de nuestro alcance; la curiosidad permite reconocer ese espacio y comenzar a explorarlo.
“no hay ciencia si no hay curiosidad y no hay ciencia si no hay desconocimiento. O sea, yo soy mucho más, estoy mucho más contento cuando no conozco algo”
Es una actitud que busca transmitir a sus estudiantes, que es valorar aquello que todavía no se sabe, que muchas veces, por no decir siempre, ofrece un mundo mucho más extenso que el mundo que ya conoces:
“Si sabes, entonces para qué te haces preguntas, si sabes para qué vas a terreno. No saber y aceptar y valorar eso es una maravilla porque sales a terreno con los ojos y los oídos abiertos”.
Ricardo también comparte el concepto japonés “Ma (間), que alude a “lo que no hay” entre las cosas y que les da sentido. La idea de prestar atención a esos espacios abre nuevas posibilidades de pregunta:
“esas no preguntas son súper valiosas, es empezar a preguntarte por lo que no estás viendo lo que no estás observando”
En ese proceso, la observación no basta por sí sola. Ricardo destaca la capacidad de percibir lo que ocurre en el entorno a través del cuerpo y los sentidos:
“El cuerpo también es tu herramienta trabajo cuando eres antropólogo y antropóloga”.
Si tuvieras que explicarle a alguien que no sabe en realidad nada o que está a punto de conocer la antropología, ¿qué le dirías y por qué es tan importante la investigación con el territorio?
“La antropología es importante porque hace preguntas sobre nosotros que en general ninguna otra disciplina hace, que son preguntas sobre lo obvio y lo obvio es lo que nos sostiene en las relaciones habituales. La antropología tiene mucha empatía porque no hay otra forma de comprender por qué las personas hacen lo que hacen. En mi caso, por ejemplo, que trabajo harto con conflictos socioambientales, en lugar de tomar una postura súper rígida, de que él es malo y yo soy bueno. Lo que tengo que hacer es entender: ¿Por qué para esa otra persona le hace tanto sentido lo que hace y lo que dice?